Trump o cómo destrozar un auténtico imperio por jugar a ser político

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Dicen que la avaricia rompe el saco y, en el caso de Donald Trump, este refrán nunca fue tan cierto.

Tras toda una vida como empresario y un auténtico imperio a sus espaldas que lo llevó a posicionarse en la lista Forbes como uno de los hombres más ricos del mundo, parece que sus pretensiones políticas no solo no le llevarán a ocupar la Casa Blanca sino que podrían asegurarse también el fracaso empresarial.

Aunque ya antes de sumergirse de lleno en el mundo político ha experimentado fracasos en sus negocios, lo cierto es que sus siempre polémicas palabras han dañado aún más a las empresas de su propiedad.

Lo que antes se consideraba una marca de éxito, la marca Trump, ha pasado a ser sinónimo de rechazo por parte de la población que, tras una campaña llena de misoginia, racismo y soberbia, ha decidido boicotear al candidato republicano dándole donde más le duele.

Y los resultados saltan a la vista pues, Trump ha caído 35 puestos en la lista Forbes, ha tenido que cerrar el casino de Atlantic City tras 26 años operativo y las reservas en sus hoteles se han desmoronado un 58% en septiembre de este año.

Además, sus próximos negocios no llevarán su nombre fruto de su dañada imagen y son muchas las personalidades y empresas que le han dado la espalda al que un día fue la representación del sueño americano y hoy solo es un absurdo showman.

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Y esta debacle no solo afecta al propio candidato sino también a sus hijos que ven cómo el apellido Trump se ha convertido en un auténtico lastre para la viabilidad de sus negocios.

A falta de unas semanas para las elecciones presidenciales, Donald Trump se encuentra en su peor momento. En Estados Unidos ya nadie pisa sus hoteles y restaurantes o compran sus productos, boicoteados a través de las redes sociales gracias a movimientos ciudadanos.

Y, aunque el propio clan niega el fracaso de su aventura política y el mal estado de sus negocios, las encuestas y la cuenta de resultados de la polémica familia augura no solo un inexistente futuro electoral, sino también empresarial.

Y es que, cuando uno juega a dar lecciones de moral, primero debe tenerla. Ahora, la lección se la dan los ciudadanos a él.

Un artículo publicado en Marketing Directo

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